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Colegio Sagrado Corazon Rosario

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CORTAR EL PASTO

Cuando era chico tenía, además de ir al colegio, la responsabilidad del cuidado del jardín de mi casa, compartida por turnos con mi hermano. Cortar el pasto, podar el cerco, regar las plantas, mantener limpia la pileta. Sin duda estas tares no las hacia con placer, sino por obligación. El pasto llegaba al limite de lo tolerable y a la enésima vez que me recordaban que había que cortarlo, lo hacia con mala cara y por el solo efecto de evitar un mayor enojo de mi padre y el consecuente castigo.

Para las vecinas, yo era el hijo responsable; para mi casa, un vago; para mí, a mis 13 años, una victima del maltrato de mis padres.

Pasó el tiempo, soy padre y educador, y descubro la sabiduría pedagógica que había en las tareas que me encomendaban. Hasta dónde sé, no se pasa mágicamente a la responsabilidad, sino que se pasa primero por la obligación. La motivación es inicialmente extrínseca: un premio (una carita feliz en el cuaderno, una sonrisa, una palmada en la cabeza), evitar un castigo (no poder salir, no ver TV, a la cama sin postre) o una consecuencia generada por la irresponsabilidad (la pileta sucia, rendir en marzo, repetir el año).

Cuando uno madura, la responsabilidad es interna, me hago cargo, respondo por mi mismo, porque se que detrás de una acción se encadenan resultados, crezco como persona, me oriento a valores que tal vez no veo pero presiento, especialmente cuando los que me motivan encarnan ellos mismos el modelo a seguir

Por Eduardo Cazenave (Rector General del Colegio San Juan el Precursor, profesional de la Fundación Proyecto Padres)